| La población colombiana
para el año 2005 se calcula en cerca de 49 millones de habitantes,
los cuales superarán los 54 millones en el 2025 y se estabilizarán
en 60 millones a mediados del siglo. La tasa de crecimiento total continuará
su tendencia a reducirse, desde el 2.28% en 1985, el 1.96% en el 95 y el
1.59% en el 2005, hasta el 1.06% en el año 2025.
Sesenta millones de personas
quiere decir que hacia mediados del próximo siglo casi se habrá
duplicado la población actual, pero esa cifra representa más
o menos el mismo número de habitantes que hoy posee la Gran Bretaña
(58,6 millones de personas). Nuestro país, sin embargo, alcanza
una extensión de un millón 141 mil 748 kilómetros
cuadrados (1´141.748 kms2), mientras la Gran Bretaña
tiene apenas 241,590 kilómetros cuadrados de área, es decir,
apenas un poco más de la quinta parte del territorio colombiano.
El principal reto que debemos
afrontar los colombianos durante el próximo siglo consiste en garantizar,
en un escenario de paz integral, las condiciones que permitan satisfacer
las necesidades de esa población en aumento, en términos
de ser, tener, hacer y estar, así como de subsistencia,
protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación,
identidad y libertad.
Existe casi consenso en el
sentido de que el crecimiento económico y la redistribución
de los beneficios del desarrollo, constituyen requisitos sin los cuales
será imposible superar los niveles crecientes de pobreza y marginalidad
que hoy caracterizan la realidad colombiana.
Sin embargo, está
demostrado tanto a nivel nacional como mundial, que el desarrollo tal y
como está siendo concebido y ejecutado, no solamente no permite
satisfacer las necesidades humanas y reducir las enormes y cada vez más
grandes brechas existentes entre los ricos y los pobres, sino que genera
nuevas formas de pobreza (cultural, ambiental, espiritual), nuevas amenazas
y nuevas vulnerabilidades.
Es decir que, vista la humanidad
como conjunto, el desarrollo no está conduciendo ni a una mejor
calidad de vida ni a una mayor felicidad humana, como tampoco a unas relaciones
más armónicas entre nuestra especie y otras especies vivas,
ni a formas más adecuadas de interacción con el entorno,
y mutuamente más seguras tanto como para los ecosistemas como para
los seres humanos.
Nuestro reto, entonces, consiste
en redirigir el desarrollo (y con él el crecimiento económico)
hacia lo que en los últimos años se ha venido a denominar
sostenibilidad, en todas las dimensiones y con todas las implicaciones
que hemos descrito a lo largo de este documento.
Ese reto incluye, entre otras,
las siguientes responsabilidades:
-
Desarrollar y apropiarnos de
una ética de la vida, para la vida y por la vida. De una bioética
que se convierta en brújula que oriente el comportamiento individual,
social y ambiental de los colombianos y que, con participación protagónica
del sector educativo en todas sus modalidades y de los medios de comunicación,
nos debe contribuir a reorientar de manera mucho más comprometida
y profunda, el sentido de aquello que alguna vez se denominó "civismo
y urbanidad" (y que necesariamente debemos complementar con los conceptos
de "campesinismo" y de "ruralidad".) No se trata de incrementar la carga
formal de los currículos escolares, sino de reorientar la educación,
la comunicación, la información, la producción material
e intelectual, la creación cultural y, en general, todas las actividades
que constituyen nuestro ser, nuestro hacer, nuestro tener
y nuestro estar, a partir de la responsabilidad histórica
que nos cabe a las generaciones presentes, de cambiar el rumbo del país
o de permitir su disolución violenta por carencia de viabilidad.
Un lema contundente en este sentido podría rezar: Sostenibilidad
o Disolución.
-
Enmarcar los acuerdos nacionales
que conduzcan a la paz, dentro de la convicción y el compromiso
colectivo en el sentido de que el crecimiento económico --y en general
la dinamización de las fuerzas productivas y sociales--, debe llevarse
a cabo con criterios claros y expresos de sostenibilidad global,
que no afecten (ni en el corto, ni en el mediano, ni en el largo plazo)
ni la capacidad de autorregulación de los ecosistemas, ni su biodiversidad,
ni la capacidad de organización, de participación y de decisión
de la sociedad civil, ni su diversidad étnica y cultural.
-
Garantizar la presencia y la
influencia activa de la perspectiva de género en todas las
negociaciones y decisiones concertadas.
-
No perder nunca de vista el
carácter diverso, multiétnico y pluricultural de la nación
colombiana (lo cual se traduce en la necesidad de que los acuerdos logrados
tengan capacidad de adecuarse y aplicarse según las particularidades
de cada región y de cada comunidad y que no sólo respeten,
sino que expresa y activamente contribuyan a la consolidación
positiva de esas particularidades).
-
Establecer como parte de esos
acuerdos, mecanismos concertados entre los distintos actores y sectores
de la sociedad, que tengan como objetivo definir la manera como los colombianos,
de manera consciente, solidaria, creativa y responsable, nos podamos integrar
a unos procesos aparentemente irreversibles de globalización que
no está en nuestras manos evitar, pero sí encarar con alternativas
adecuadas, de manera tal que éstos no nos sigan conduciendo a la
insostenibilidad económica, social, política, ecológica
y cultural, y de los cuales podamos obtener todos los beneficios posibles.
Entre otros de esos beneficios, destacamos el acceso a información
(a través de redes como el www o Internet), el intercambio de saberes,
la capacidad del pensamiento local para incidir sobre la gestión
ambiental a nivel global ("Pensar localmente y actuar globalmente"),
la protección del consumidor nacional, el aprovechamiento de
ventajas comparativas de Colombia en el mercado mundial, la realización
de "alianzas estratégicas" para el desarrollo sostenible con potenciales
aliados internacionales, etc., etc.
-
Adelantar como una política
de Estado, un programa de reforma agraria integral y definitivo, con un
plazo límite predeterminado, que permita que las próximas
generaciones de colombianos no continúen heredando una situación
crónica de inequidad en la cual tienen sus raíces gran parte
de los conflictos sociales que impiden el desarrollo sostenible en Colombia.
Dicho programa deberá partir de una evaluación de la estructura
de la propiedad agraria en el país y de los efectos reales que han
tenido los anteriores y actuales planes de reforma agraria en términos
de sostenibilidad global, con el objeto de aprender tanto de los
éxitos como de los fracasos, y deberá adelantarse no solamente
como compromiso aislado de un Ministerio (Agricultura) y de una entidad
(Incora), sino como el resultado de un gran acuerdo entre el Estado, el
sector productivo y financiero, los gremios, las organizaciones sociales
–especialmente campesinas y étnicas--, las organizaciones de trabajadores,
las organizaciones ambientalistas y, en general, la sociedad civil, así
como también con los actores armados del conflicto. Deberá
comprometer a los actores internacionales verdaderamente interesados en
contribuir a la búsqueda de caminos viables hacia la paz en Colombia
y, como ya se indicó, deberá regirse por criterios de sostenibilidad
global, que miren al país en su conjunto (dentro de una perspectiva
de ordenamiento territorial, entendido el territorio en sus múltiples
dimensiones) y a la economía dentro de la cual los habitantes del
campo están insertos, como un sistema complejo y dinámico,
para participar en el cual deberán garantizarse eficiencia, eficacia,
rentabilidad, productividad, y competitividad (en la producción,
en el mercadeo, en la reinversión de los beneficios, etc.). Así
mismo deberá tener en cuenta no solamente la función social
de la propiedad en sus distintas modalidades, sino también su función
ecológica (que constituye una dimensión inseparable de la
función social).
-
Redefinir bajo la óptica
de la sostenibilidad global, el significado y las implicaciones
y aplicaciones de conceptos como los mencionados de eficiencia,
eficacia, competitividad, rentabilidad y productividad.
Lo anterior incluye la necesidad de incorporar a esos conceptos el sentido
del largo plazo y la consciencia de nuestra responsabilidad ética,
social y ambiental. En el caso de la rentabilidad, por ejemplo,
ésta no se puede medir solamente en términos económicos
(inversión versus ganancia), sino también en términos
ecológicos, culturales y sociales. Especial responsabilidad poseen
en este sentido las universidades y demás instituciones educativas
y de formación profesional dedicadas a preparar profesionales y
técnicos en los distintos campos del saber, al igual que las instituciones
públicas y privadas, nacionales y extranjeras, encargadas de promover
el desarrollo, así como los organismos financiadores.
-
Llevar a cabo una reforma política
profunda que vaya más allá de la mera transformación
formal de los partidos y que se traduzca en condiciones que faciliten la
construcción de una verdadera democracia participativa en Colombia.
Esto debe incluir, entre otros puntos:
-
Consolidar el Estado como servicio
público por excelencia y como patrimonio inalienable de la comunidad.
En la práctica esto significa reconocer que una de las causas de
la violencia y de la des-institucionalización que caracterizan a
la Colombia de hoy, radica en que el Estado, sus instituciones y sus recursos,
han adquirido la condición de botín de guerra de los caciques
políticos, lo cual desvirtúa la esencia de su función
social.
-
Concretar en los hechos la separación
entre Gobierno y Estado, con el fin de garantizar la continuidad de las
políticas estatales más allá de los periodos de los
cargos de elección popular.
-
Eliminar la intermediación
clientelista como requisito para poder acceder a los servicios del Estado
y para poder ejercer los derechos que la Constitución Nacional consagra
a favor de todos los ciudadanos y ciudadanas.
-
Garantizar la participación
política de las minorías y el ejercicio de la oposición.
-
Reconocer que la corrupción
en todas sus formas constituye una de las principales --si no la más
grave-- formas de contaminación ambiental y uno de los principales
atentados contra la calidad de la vida de los colombianos.
-
Garantizar que el monopolio
de las armas esté en manos exclusivas del Estado y que el uso de
la fuerza por parte de éste se realice de manera LEGÍTIMA,
TRANSPARENTE, RESPONSABLE y CONTROLADA, respetando los derechos humanos
y teniendo como objetivo último garantizar la sostenibilidad política,
social e institucional de la sociedad colombiana.
-
Abolir el servicio militar obligatorio,
profesionalizar las fuerzas militares y desarrollar las normas que crean
el servicio social y el servicio ambiental de los jóvenes con el
objeto de formar MILITANTES DE LA VIDA y GESTORES DEL DESARROLLO SOSTENIBLE
tanto en los campos como en las ciudades. El Estado y los actores armados
del conflicto deberán comprometerse como parte de las negociaciones
de paz (y aún antes de lograr los acuerdos definitivos), a respetar
la vida y la integridad de los jóvenes, hombres y mujeres, que prestan
el servicio social y el servicio ambiental aún en zonas de conflicto
armado.
-
En términos específicos
de la gestión ambiental el reto se concreta, entre otras, en las
siguientes expresiones:
-
Definir entre los distintos
actores sociales, y especialmente entre los actores armados del conflicto,
criterios que permitan en lo posible adelantar una adecuada gestión
ambiental en los territorios de guerra, con el propósito evidente
de garantizar que una vez sembrada la paz, exista todavía una naturaleza
para que ésta germine. Lo anterior incluye las garantías
necesarias para la vida y la integridad de quienes desde el Estado o desde
la sociedad civil se dedican a impulsar una gestión ambiental hacia
la sostenibilidad.
-
Definir criterios que garanticen
una adecuada gestión ambiental en los territorios dominados de hecho
por los actores armados.
-
Garantizarle a la sociedad civil
espacios y mecanismos eficaces de participación en los diferentes
escenarios de la gestión ambiental. En tal sentido, el Consejo de
Gabinete del Ministerio del Medio Ambiente acaba de aprobar los "lineamientos
para una política de participación ciudadana en la gestión
ambiental", a partir de los cuales el Estado y la sociedad civil deben
avanzar conjuntamente en la construcción de una verdadera gestión
participativa, como parte de la consolidación de la democracia y
de la construcción de la paz.
-
Por su parte, corresponde a
la sociedad civil no solamente llenar esos espacios de contenido real,
sino también ganar capacidad para incidir de manera eficaz sobre
el proceso legislativo y, de llegar a darse, sobre el nuevo proceso constituyente,
de manera tal que en todas y cada una de las correspondientes actuaciones
y decisiones se tengan en cuenta criterios de sostenibilidad y se evalúe
el impacto potencial de cada actuación y de cada decisión
sobre los ecosistemas y quienes los habitan o dependen de ellos.
-
Continuar con el proceso de
creación, consolidación y aplicación de un sistema
integrado de cuentas económicas y ambientales, que permita determinar
y valorar los servicios ambientales que prestan algunos ecosistemas
(así como las regiones en las cuales estos se encuentran) y que
resultan mucho más importantes y significativos en términos
de sostenibilidad local, regional y nacional, que cualquier otra actividad
extractiva o productiva que se realice en los mismos. De esta manera, y
también desde la óptica del ordenamiento territorial, se
podrán establecer políticas y estrategias tendientes a compensar
la inequidad que afecta a varias regiones de Colombia (y a las comunidades
que las habitan), que simultáneamente son las más ricas en
recursos y servicios ambientales y las más pobres en términos
de necesidades básicas insatisfechas y en calidad de vida de sus
pobladores. La mayor parte de las "propuestas de desarrollo" formuladas
para dichas regiones (como la Costa Pacífica colombiana) se basan
en criterios económicos ortodoxos, que lejos de solucionar en el
largo plazo las inequidades existentes, les sumarán la pobreza ambiental
y harán más vulnerables desde todo punto de vista a la zona
y a sus comunidades. Resulta paradójico, para citar otro ejemplo,
que muchas de las regiones en donde se produce el agua que alimenta a las
grandes centrales hidroeléctricas que proveen de energía
a otras zonas del país, no tengan posibilidad para acceder al fluido
eléctrico. El mecanismo del pago de regalías a las Corporaciones
Autónomas Regionales por parte de las centrales hidroeléctricas
no ha sido suficiente para compensar dicha inequidad. Un sistema adecuado
de cuentas ambientales permitirá determinar el valor de los servicios
ambientales que presta una determinada región y la manera como las
regiones beneficiarias de esos servicios deben contribuir a la respectiva
compensación.
-
El Estado debe comprometerse
a dar cumplimiento a los compromisos internacionales asumidos a través
de documentos ya suscritos por el Gobierno Colombiano, como son, entre
otros, la Agenda 21 (suscrita durante la Conferencia de Naciones Unidas
sobre Medio Ambiente y Desarrollo llevada a cabo en Río de Janeiro
en 1992) y el "Plan de Acción" surgido de la Cumbre de las Américas
sobre Desarrollo sostenible llevada a cabo en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)
a finales de 1996. Corresponde al Ministerio del Medio Ambiente y a las
organizaciones de la sociedad civil difundir esos documentos, y a la comunidad
presionar al Gobierno para lograr, de manera conjunta, que los compromisos
adoptados se conviertan en realidad.
-
Los actores armados de la guerra
en Colombia deberán acoger y observar la "Convención sobre
prohibición de usos militares y de uso hostil de cualquier técnica
de modificación ambiental" (ENMOD), así como los "protocolos
adicionales" de la Convención de Ginebra, en virtud de los cuales
se prohibe la utilización de medios de guerra dirigidos a causar
daños severos, extendidos y con efectos de largo plazo sobre el
medio ambiente natural.
En caso de darse un nuevo
proceso constituyente, deberá llenarse el vacío que quedó
en la Constitución Nacional de 1991 en el sentido de que así
como se reconoce que la propiedad privada debe cumplir una función
ecológica a la par que una función social, se reconozca que
la soberanía nacional se debe ejercer con responsabilidad
planetaria y en función de garantizar la sostenibilidad de la
Tierra.
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